Al Norte Filipino • Cambios

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A medida que mi avión comienza a descender sobre el Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino, lo único que puedo hacer es ver a través de sus ventanas y asombrarme de cuantas luces de pronto parpadean y se mueven abajo. Es una vista emocionante, no sólo por lo masiva que es, sino también por lo nueva que es.

Ahora estoy oficialmente en el Sureste de Asia. Y estoy asustando y emocionado.

Aterrizamos de repente y el proceso de entrada es sorprendentemente similar a como lo hacemos en casa. Para empezar, la puerta de entrada fue bastante pequeña a pesar de que el aeropuerto es bien grande. El hombre en el punto de seguridad se tomó unos minutos para examinarme y me di cuenta de que no había visto un pasaporte panameño antes.

Después de un instante me preguntó si necesitaba una visa para entrar. Yo sabía que no la necesitaba, pero por alguna razón sentí otro de esos giros a la trama que amenazan con negarme la felicidad de viajar, así que me hice el loco y le dije que no sabía. Me miró directo a los ojos y dijo: “No la necesita. Se puede quedar por 30 días” cuando un ¡CLACK! ensordecedor le siguió a un movimiento inmediato de su brazo. Me devolvió el pasaporte recién estampado como una máquina hastiada de ver humanos y con otro movimiento de su brazo me indicó que siguiera adelante.

Agarro mis maletas y ahora estoy en la recepción del aeropuerto, donde un montón de taxistas esperan, sus miradas esquivas apuntándome como un montón de gatos esperando al pie de un árbol a que un pájaro bebé se caiga del nido.

Lo que no sabían es que yo estaba más pelado que un guineo y no tenía ni un sólo peso filipino en mi haber.

Ras, Ni Pa Comé

Ahí mismo apareció la segunda piedra que molestaría en mi zapato durante todo mi viaje. Conmigo llevaba dos tarjetas de débito y una tarjeta de crédito, pero ninguna de ellas podía sacar dinero de ninguno de los tres cajeros en la salida del aeropuerto. Necesitaba sacar plata, pero si seguía intentando mi banco podría bloquearme por hacer demasiados intentos fallidos.

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De cinco cajeros en el aeropuerto, sólo tres eran compatibles con mis tarjetas ¡y ninguno me dejaba sacar dinero!

Por la gracia de los dioses del wi-fi, el aeropuerto ofrecía internet gratuito y pude enviarle un mensaje a mi mamá por Whatsapp para preguntarle sobre mi problema. Después de todo, ella trabaja en el Banco General, el mismo banco que me dio las tarjetas.

Puedo entender cómo mi lógica para resolver el problema puede ser vista como el llanto de un niño mimado para que sus padres le resuelvan problemas, pero le hecho está en que he visto gente que viaja y se encuentra con problemas y no han ganado nada aún después de horas peleando con sus agentes de servicio al cliente debido a políticas de seguridad atrasadas o mal pensadas. Si mi familia no trabajara en el Banco General, quizás hubiese tenido que pedir un aventón al hostal o peor.

Por suerte, mi lógica funcionó. Al estar 12 horas exactas adelante del tiempo en Panamá era fácil para mi contactar a alguien en casa y pedir ayuda. Mis tarjetas habían sido bloqueadas por el departamento de fraudes cuando vieron intentos de retirar dinero desde Manila. Con razón, nadie del banco sabía que yo estaba viajando y asumieron que un tipo en Manila había conseguido todas mis tarjetas y sabía todos mis números PIN milagrosamente.

Levantaron el bloqueo y ahora estaba camino al hostal 1 River Central en Makati, uno de los distritos más ocupados de Metro Manila.

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I’M RICH, BEOTCH! (No realmente, 100 PHP = ~2.26 USD) igual me temblaba la mano de felicidad.

Calle JP Rizal

El taxista estaba de humor para conversar, pero yo sólo seguía mirando por la ventana y siguiendo la conversa con un mínimo de atención. A primera vista, parecía que alguien había agarrado El Chorrillo y lo hizo gigante con carreteras más amplias, más líneas de tranvía y de paso mandaron a todos a dormir tempranito.

Llego al hostal alrededor de unos 20 minutos más tarde para encontrar una puerta cerrada y la recepción vacía. Hay un hilo colgando cerca de la entrada con un letrero que dice: “Hale”. De primeras pensé que era un timbre improvisado, pero cuando lo halé me di cuenta de que la campana estaba en la azotea del edificio.

El sonido de la campana atrae caras asomadas a ver quién haló el hilo. Unos minutos más tarde baja una muchacha a abrir la puerta y pedir mi información. Dice que su nombre es Juan, pero no lo deletrea así que da la impresión de que es un nombre en tagalog, el idioma oficial de Filipinas.

Noté que la chica está completamente plana al punto en que parece no tener que usar sostén. Por más peculiar que me haya parecido, me limito a contestar sus preguntas y luego la sigo a mi dormitorio. Dice que hay gente en el techo bebiendo y que puedo unirme cuando termine de instalarme.

En el techo me topé con más gente que se estaba quedando en el hostal junto con otros empleados del local. Todos andan bebiendo y conversando, pero no hay música ni nada especial ocurriendo. Entre la gente estaba un muchacho coreano cuyo nombre no recuerdo, celebrando su 22do cumpleaños. Dijo que había estado en Manila por un mes y que regresaba a Corea del Sur al día siguiente.

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Aquí me presentaron el Lambanóg, un vino de coco bien sweet, pero potente.

Después de un trago de Lambanóg, nos preguntó a mi y a otro tipo en la mesa si lo acompañaríamos a una fiesta ya que debía marcharse a la mañana siguiente. No pensaba salir tan rápido después del largo viaje, pero era viernes y pensé: qué diablos. Fuimos a Gramercy 71 y de pronto las cosas aceleraron el paso.

La Disco en el Aire

Gramercy 71 debe su nombre a ser el club más alto en Manila. Está localizado en el 71er piso de un lujoso edificio residencial que se ve completamente fuera de lugar rodeado de casa y edificios pequeños en el resto del área.

No recuerdo haber estado en un club a tal altura, así que lo primero que hice fue salir a la terraza a conocer la vista.

La vista desde la terraza en 71 Gramercy. Fuente de la foto.
La vista desde la terraza en 71 Gramercy. Fuente de la foto.

Desde arriba se sintió como si toda la ciudad me estuviera gritando “Bienvenido a Manila” con todas sus luces, y aunque estaba cansado y horriblemente vestido para la ocasión, hice un esfuerzo para divertirme.

A medida que la noche avanzó me separé de la gente con que había llegado al club. El muchacho coreano había desaparecido y todos los demás se habían perdido en el lugar. No me percaté de esto sino hasta muy tarde en la noche, pero a esas alturas ya había asegurado mi bote de regreso con una chica con la que estuve bailando. Ella estaba con otras amigas y me ayudó a regresar alrededor de las 4 a.m.

Llegué…

En el momento me pareció como una circunstancia fortuita, pero ahora que lo veo de lejos me doy cuenta de que aquella fue la primera de las dos únicas veces que salí a ver la vida nocturna en Manila. También fue la salida más divertida porque la segunda vuelta fue demasiado intensa en casi todas las maneras equivocadas.

A la siguiente mañana cuando los miembros de hostal invitaron a sus huéspedes a la piscina, me tocaría ver el Makati real.


Este es El Gran Viaje. Donde un panameño divaga por la Tierra en busca de un propósito, aventura y respuestas. Parte de la serie Pateando Calle, encuentra el archivo aquí. Gracias por acompañar.

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