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Al Norte de Filipinas • Ecos de los Ataúdes Colgantes

Me confundí un poco cuando nuestro bus nos dejó directo en la entrada del pueblo, al lado de la oficina postal. Resulta que todo este tiempo hubo una parte del pueblo que nunca vimos, ¡escondida en plena vista!

Así comenzamos a cruzar la calle en dirección a la oficina postal, pero el guía rápidamente nos orientó en dirección a un parque lleno de niños jugando a la pelota mientras sus madres bochincheaban en bancas. Al otro lado del parque hay una iglesia y cuando seguimos el sendero a su izquierda llegamos al cementerio detrás. Aquí es donde sepultan a la gente hoy día. 

Al caminar a través del cementerio, no puedo evitar prestarle atención a los nombres de las lápidas en el camino. La mayoría de estos nombres me suenan familiares, porque son nombres y apellidos españoles como Aquilino, Gómez, Zamora y sí, incluso Landero. Sin duda otra afirmación contundente de que el mundo es mucho más pequeño de lo que pensaba.

Seguimos caminando hasta alcanzar el filo de un colosal acantilado y de pronto estamos parados en la entrada del Valle del Eco. El camino se divide en dos: a la derecha, un campamento con pequeñas carpas que sirve de escuela para escaladores novicios y veteranos; a la izquierda, un sendero lleno de curvas que nos lleva a nuestro próximo destino: Los Ataúdes Colgantes.

El Valle Sumergido

Verán, todo el valle solía estar bajo el agua hace más o menos un billón de años atrás, y con el tiempo esto dio lugar a paredes limosas de piedra lisa en los acantilados del valle. Es aquí donde familias en Sagada y la región han estado llevando a sus muertos por más de 2,000 años.

Tan sólo unos minutos después de haber caminado por el sendero derecho comenzaron a aparecer los cofres que se asemejaban a los de la Cueva Lumiang, pero con colores más vivos y situados en partes difíciles de alcanzar en las paredes de los acantilados. Mientras más arriba está un ataúd en la pared, más cerca está el alma del muerto a su espíritu en el cielo.

También notarán que hay sillas de madera colgando cerca de varios ataúdes. Estas sillas se llaman sangadil y los muertos son sentados y atados a ellas con lianas y soga en una ceremonia que se efectúa antes de meter el cuerpo en el ataúd. Una vez en la silla, el cuerpo es cubierto con una manta blanca y puesto en la entrada de su casa familiar para que la gente ofrezca sus condolencias.

La vigilia del difunto puede durar varios días, así que para evitar el olor de su descomposición, el cuerpo es ahumado. Eventualmente se hace una procesión y el cuerpo es cargado hasta los acantilados, donde su ataúd aguarda, ya sea atado o clavado en la pared de piedra.

En el camino los ayudantes intentan ser cuidadosos cargando el cuerpo a la vez que tratan de tener mucho contacto con él, ya que creen que al tocar su sangre pueden absorber las destrezas que la persona tenía en vida.

La práctica de los ataúdes colgantes está siendo lentamente desplazada a medida que las nuevas generaciones adoptan el cristianismo. Actualmente sólo se efectúan uno o dos entierros de este tipo cada año.

Al Norte de Filipinas • Ecos de los Ataúdes Colgantes

Al Final del Día

El Valle del Eco es hermoso y debe su nombre al hecho de que puedes gritar a gusto y el eco de tu voz resonará con fuerza a lo largo de la cordillera. Nada menos que espectacular, pero por todo el ruido que corre a lo largo de su interior, fue un momento callado de paz el que realmente me atrajo, cuando me senté al borde del acantilado con nada que previniera mi caída. Con el tiempo llegaría a sentirme de esta forma con frecuencia en el Sureste de Asia; aquel sentimiento de ser impotentemente pequeño e inconsecuente en la gran imagen de las cosas.

A medida que he envejecido he desarrollado un triste miedo a las alturas y una tendencia al vértigo, pero ni siquiera estas cosas pueden evitar que de vez en cuando mire hacia abajo y me asome sobre el borde de edificios altos. Me gustaría mucho poder hacer eso en el Valle del Eco otra vez algún día.

Al Norte de Filipinas • Ecos de los Ataúdes Colgantes

El sol terminó de ponerse a la vez que el valle se bañaba en luz de luna y para cuando ya habíamos regresado al pueblo, el cielo lleno de estrellas hizo que Sagada se viera aún más hermosa.

Le dimos las gracias y despedidas a nuestro guía, y Xopau decidió retornar al hostal mientras Stef y yo buscábamos algo de comer. Stef es una vegetariana que puede romper las reglas de vez en cuando por un intercambio cultural, lo cual es otro signo de alguien chévere en mi libro.

Encontramos una casa de familia con un pequeño restaurante (de hecho era una mesa en su cocina) donde nos quedamos a comer y ver al hijo de la pareja jugar con un perro del doble de su tamaño. Al final del día fue una dicha estar en compañía de gente local y disfrutar de su comida, la cual no sólo estuvo deliciosa, sino también super barata.

Al Norte de Filipinas • Ecos de los Ataúdes Colgantes

Al final regresamos al hostal para turnarnos en la regadera, y mientras esperaba mi turno afuera del baño pensé que lo tomaríamos con calma de allí en adelante, viendo que aquel día habíamos hecho bastante.

Pero no, La Terminator no había acabado con nosotros todavía.

Fotos cortesía de Xopau Mendoza. Edición por Luis Landero.


Pateando Calle es una columna de mis aventuras mochileando como loco por el mundo, documentando como sobrevivo con poco dinero y cero idea de lo que estoy haciendo. Para más aventuras, mira el archivo.