Manila • Boxeo de Enanos Tristes

Manila • Boxeo de Enanos Tristes

Desperté en la soleada Manila, unas 6 horas después de mi regreso al hostal en la madrugada. Era un sábado y me dieron ganas de salir a la calle a beber ya que tenía dinero en mis bolsillos otra vez.

Lo siguiente es un recuento de la noche más loca que tuve en Manila, Filipinas.

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El día comenzó raro desde que me levanté, como si alguien hubiese ordenado una repetición de mi primera llegada a la ciudad sólo para hacerme vivir por segunda vez aquel día, pero con algo de experiencia bajo la manga. Menos inseguro y más conocedor de mi entorno inmediato, ahora quería explorar más y ver qué tan profundo podría adentrarme en la ciudad.

Mi dormitorio tenía cuatro camas de las cuales una ya estaba ocupada por alguien en el camarote arriba de mí. Pocos minutos después de haberme levantado llego una pareja de muchachos japoneses, Akihiro y Ryo, soltando sus maletas y escogiendo camas. De pronto el ambiente me comenzó a oler a arranque.

Estaban de visita por primera vez en Manila y se sorprendieron un poco cuando les enseñé lo poco que sé de su idioma. Comenzamos una charla leve cuando el tipo que dormía arriba de mi cama movió su cortina y se presentó. Se llamaba Gordon y estaba en la ciudad terminando sus horas de vuelo para graduarse de piloto.

La tarde llegó de repente en un día donde no hice nada. Recuerdo que salí para comprar algo de “isaw” (intestinos de pollo), cachetes de puerco y tocino, que en realidad es carne de puerco asada en un palo y marinada con azucar. La comida callejera en Manila es excelente y no vi mucha cuando estaba en las montañas, pero en la ciudad era casi imposible caminar una vereda sin toparme con vendedores ambulantes con cualquier clase de bocadillos baratos para comer en el camino, especialmente de noche.

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Regresé a la azotea del hostal y me encontré a Paul, otro huésped del hostal que venía de Inglaterra y parecía tener tiempo viviendo en Asia suroriental. Estaba hablando con una de las chicas que trabajaba en el hostal, Ruth, y con su amiga Malee, una pelirroja que trabajaba en otro hostal, pero que también estaba pasando el tiempo en la azotea la primera noche que llegué a Manila.

Los tres tenían ya rato bebiendo cuando llegué, asi que me pareció que ya tenían planes para la noche, pero honestamente no me interesaba saber cuales eran, ya que en mi futuro inmediato sólo veía cerveza fría.

Mientras comía y hablaba traté de animar a los demás a acompañarme esa noche. Paul estaba reacio al principio, pero los japoneses estaban dispuestos así que sentí que sería una buena salida o al menos tendría buena compañía. Gordon por su lado dijo que no quería salir así que se fue temprano a la cama.

La razón por la que quería salir tanto (aparte de tener dinero otra vez) es que temprano aquel día leí sobre algo que simplemente no podía dejar de ver mientras estaba en Asia: boxeo de enanos.

Makati

El hostal donde estaba, 1 River Central, esta localizado en Makati, en el borde de una de las zonas rojas de la ciudad. Al principio pensé: “¡Chuzo, tengo suerte de haber encontrado un lugar tan cerca de la fiesta!”, pero luego Paul comenzó a aterrizar mis expectativas, asegurándome que nuestro destino no era peligroso a menos que tratáramos de llamar la atención.

Paul, Akihiro, Ryo y yo acordamos ir, pero para mi sorpresa Ruth se quiso sumar ya que Paul había cambiado sus planes, y  quería traer a Malee con ella también. A mí no me molestó la idea — ¿mientras más gente mejor, no? — Paul por otro lado estaba menos emocionado.

Tampoco le gustó que trajera la cámara conmigo para el viaje.

Cuerpos de Neón

Apenas salimos del hostal y nos subimos a un jeepney, mi cerebro se sintió como si hubiese entrado en una simulación de Tron. El rugir de los jeepneys, la música loca destruyendo las bocinas, las sonrisas extrañamente perfectas del conductor y su copiloto que parecían una mezcla entre el maldito Gato de Cheshire y el Guasón de Batman. Todo era luz y nada tenía sentido.

Nos dirigíamos a la Avenida Ayala que estaba camino a la Calle P. Burgos, un área nocturna popular donde estaba el bar de boxeo de enanos. No pudimos llegar del todo debido al tráfico, así que decidimos bajarnos antes de llegar y caminar el resto de la vía.

Mis instintos me dijeron que habíamos llegado a la Calle P. Burgos cuando nuestro sendero se prendió en llamas neón que nos guiaban por un camino de verde y rojo lleno de sombras asomándose detrás de carros estacionados. Como un camino de arcoíris invertido en el que pisábamos la oscuridad y al mirar arriba descubríamos el camino neón real llevándonos a quién sabe dónde.

¿Es ella una mujer? ¿Es ella un hombre?

Pequeños grupos de mujeres caminaban en trajes mini de una pieza con todos los colores que se te ocurran llamando “Hello, Sir! Hi, Sir!” a quienesquiera les hiciera contacto visual. Andamos por el medio de la calle destacándonos por encima de los viejos hombres gordos y barbudos que entraban de un bar para entrar en otro. No por coincidencia, la zona estaba repleta de hostales, incluyendo aquel en el que Malee trabajaba.

Casi nos fuimos de un extremo de la calle al otro en nuestra búsqueda del enano-bar, viendo toda clase de letreros en el camino. Un bar ofrecía “chicas cacheteras” (“slapping girls”), que luego me explicaron es un lugar donde podía pagar para que una mujer filipina me diera cachetadas. No pregunté donde.

Los nombres de los bares seguían poniéndose más explícitos, como sacados directo de una caricatura adulta de Bakshi: “Colas”, “Blush” (pero en realidad se lee “Bush” porque la L estaba apagada), “Maskara”, “Cosquillas”, “Plan B” y de pronto allí estaba, justo al final del camino lo encontramos:

Manila • Boxeo de Enanos Tristes

Un grupo como de 4 enanos estaban sentados afuera fumando y bebiendo mientras esperaban su turno en el ring. Me le acerco a los muchachos y uno de ellos, viejo y barbudo, dice que su nombre es Danny y que le toca pelear en 15 minutos. Estoy emocionado más allá de mis sueños más locos, sí, incluyendo el del tigre.

No Puedo Inventar esta Vaina

Entramos pasando por dos cortinas gruesas y oscuras, y es exactamente lo que yo quería ver. Todos mis sueños se están convirtiendo en realidad frente a mis ojos cuando entro en aquel hueco falto de luz y lleno de maravilla y ponchera. Como si las cortinas hubiesen sido un cabrón portal a una realidad alterna y ahora, como el mismísimo Charlie, he entrado en una fábrica de chocolate donde el manjar oscuro está cubierto de jugo verde fosforescente directo de un glow stick.

Hubiese sido completa oscuridad de no ser por una tenue luz ultravioleta que nos hacía a todos y a todo azul, acompañada de luces estroboscópicas verdes y rosadas que se meneaban en patrones locos, muy a la par de los cuerpos de las chicas en el lugar. Las ultravioletas me daban una leve seguridad de que el lugar donde me iba a sentar no estaba cubierto en fluidos secos.

Resulta que Ringside no es un bar de boxeo con mujeres adornando el local. Es un bar de prostitutas que por suerte tiene un ring de boxeo de lado, que en ese momento servía de tarima para un grupo de mujeres aburridas haciendo un triste intento de coreografía, puramente para entretener a los hombres del local antes de que escogieran a una mujer para ir a cualquiera de los moteles afuera.

En la me fue difícil distinguir una cosa de otra y todas las mujeres se veían igual excepto por el color de sus bikinis y sus pasos de baile que no iban para nada de la mano con la Danza Kuduro. He visto ese video, lo puedo asegurar.

Entramos y nos sentamos en una mesa casi al final, pasando al lado de un viejo gordo que bailaba sin camisa cerca del ring con dos chicas restregándose contra cada una de sus piernas. En el fondo a lo lejos se veía una muchacha sobando a uno de los enanos, sus piecitos excitados subiendo y bajando sin tocar el piso mientras ella le tocaba la cabeza. Esto es una demencia.

Miramos la carta de tragos y por supuesto que todo está carísimo, incluso para ser precios filipinos. Nos sentamos allí esperando por más de 15 minutos, y Paul está pensando en qué va a pedir cuando de pronto una voz grave suena en las bocinas anunciando la siguiente pelea. Luego un tipo que parece un típico turista gringo se sube al cuadrilátero y comienza a llamar a los peleadores. Es el turno de que mi pana Danny reparta su tanda de golpe.

Me paro y camino hacia el ring, haciendo mi mejor impresión de un asesor de esquina, que hubiese sido bochornoso de no ser porque el viejo gordo sin camisa ahora estaba intentando menearse hasta el piso con las dos chicas de antes. Fue horrible.

Comienza la pelea y pienso que estoy a punto de ver una masacre, pero lo que me toca es la decepción de ver a Danny y el otro enano intercambiando una serie de tristes roces y caricias que apenas dan la impresión de que les importa la pelea a pesar de que ambos tienen cascos y guantes decentes. Para que esto pareciera interesante tenía que haber comenzado a beber desde mucho antes.

La “pelea” se acaba antes de lo esperado y Danny pierde, posiblemente porque tenía como 80 años más que el otro púgil, pero eso no lo detiene de venir donde mí a pedirme la cerveza que aparentemente le prometí. En vez le doy dinero, porque si algo me ha enseñado la vida es que muy poca gente es afortunada de que un enano boxeador les pida algo en un bar de pelo-pelo en las Filipinas, y si llegas a ser uno de los afortunados tu deber es darle algo de dinero a esa persona y desearle buena suerte.

A estas alturas es cuando la batería en mi cámara muere y de inmediato le digo al grupo que voy a salir para buscar una tienda donde pueda comprar nuevas baterías. Acordamos que nos encontraremos de vuelta en el bar en unos minutos y salgo por las cortinas.

Me toma 20 minutos encontrar y pelear con el muchacho de la tienda porque cada par de baterías que agarro está expirado. Después de tres pares, regreso y me encuentro a todo el grupo parado afuera del bar con caras de desesperación. No era todo el grupo.

— Ruth: “No encontramos a Paul.”

— Yo: “Espera, ¿cómo así que no encuentran a Paul? ¿Qué se hizo?”

— Ruth: “No lo sé. Él salió y ahora no sabemos donde está.”

Paul dejó al grupo atrás cuando yo me fui y ahora las dos muchachas estaban gritando su nombre en media calle, porque aparentemente no se podían ir sin él.

Ryo y Akihiro se veían confundidos por el caso, pero los tres acordamos que no queríamos irnos porque recién habíamos llegado. Ruth estaba actuando raro, pero Malee estaba ebria y de pronto comencé a entender por qué Paul no estaba muy feliz de que las dos chicas vinieran.

Malee dijo que sabía donde Paul podía estar, pero no tenía forma de contactarlo y no me pregunten por qué le hice caso a la chica borracha, pero pensé que si había una forma de encontrar a Paul y calmar a las muchachas, lo primero que debíamos hacer era encontrar un teléfono.

Así fue como terminamos en el hostal de Malee, todavía sin forma de poder contactar a Paul porque ninguna de las muchachas tenía su número. Moraleja: no le hagas caso a un borracho con un plan. Nunca.

Después de subir y bajar la calle P. Burgos buscando a Paul sin éxito, decidimos volver a 1 River Central en Makati, donde los japoneses acordaron continuar la fiesta ahora que las muchachas estaban de vuelta en el hostal. La noche todavía era joven y pensamos que donde sea que Paul estuviese, él encontraría la forma de regresar al hostal eventualmente.

Esta es la parte donde todo se va a la verga.

Todo Se Va A La Verga.

Primero debo disculparme, porque fallé en decir que hasta este momento, Malee me había estado jodiendo la paciencia toda la noche. Cada vez que aparecía en el hostal me gritaba insultos y aunque traté de no tomarlo en serio, durante esta noche en particular la chica me seguía insultando mientras más bebía, por ninguna razón aparente excepto que yo era un mochilero con una cámara.

Francamente, estuve feliz de regresar al hostal y dejar a ambas muchachas para salir otra vez y ver el bar de boxeo sin tanto drama, pero ocurrió exactamente lo opuesto.

Cuando estábamos de vuelta en la calle tratando de parar un jeepney, Malee salió corriendo a pedirme dinero para coger un jeepney de vuelta a su hostal. Me paré firme y le dije que tenía huevos para pedirme plata después de joder mi paciencia toda la noche, así que no le iba a dar un centavo.

La chica comenzó a tirarme los puños y tratar de abofetearme mientras gritaba cualquier cantidad de cosas en tagalog. Estamos parados en el medio de la calle después de media noche y sus gritos comienzan a despertar a los vecinos cerca del hostal, quienes se asoman en sus ventanas a ver qué está pasando. Los dos chicos japoneses están preocupándose. Todo esto lo noto a la vez que me defiendo de los golpes de Malee agarrando sus brazos y empujándola fuera de la calle hacia el hostal.

Ruth sale y trata de calmarla, pero Malee no se detiene y yo todavía estoy tratando de volver a la calle e irme del lugar. Ruth dice que ella no se va a calmar porque está borracha y así es ella cuando bebe, así que me dice a mi y a los japoneses que subamos a nuestra habitación mientras distrae a Malee.

Los tres regresamos a nuestro dormitorio y Gordon, que trataba de dormir en paz, de pronto despierta y me pela sus ojos rojos: “¡¿Qué hiciste?!”. Le explico la situación y a mitad del cuento escuchamos chancletas bravas subiendo por la escalera.

Gordon rápidamente salta de su cama y tranca el cerrojo de la puerta justo al instante en que una mano comienza a girar de la manigueta con fuerza y a pegarle a la puerta como si hubiese una bestia al otro lado. Ryo y Akihiro se ven asustados sin duda y Gordon simplemente suelta una sonrisa cínica porque según él esto no es fuera de lo común desde que comenzó a dormir en el hostal.

De alguna forma Malee logra abrir la puerta, pero Ruth la alcanza y trata de razonar con ella. La chica trata de pegarme otra vez, pero Gordon se mete en su camino y Ruth la hala hacia atrás y trata de dialogar con ella otra vez. Ahora las dos muchachas están gritándose en tagalog y Gordon sigue mirando entretenido y de vez en cuando metiéndose en su pelea.

Malee se dio cuenta de que no le iba a pegar de vuelta, así que siguió provocándome y haciendo su escena. Mientras tanto Ruth comenzó a disculparse y le pedí el número de la policía para tratar de que llegaran a calmar a Malee.

Honestamente no me pareció que llamar a la policía sería una buena idea porque ni siquiera sabía lo que le iban a hacer y lo más probable es que la cosa no terminaría bien para ninguno de los involucrados, pero supe que al menos eso le daría otro argumento a Ruth para evitar que las cosas empeoraran. Mi idea funcionó y Ruth logró calmar a la bestia y enviarla a la recepción del hostal a la vez que nos dijo que nos mantuviéramos callados y nos quedáramos en la habitación con la puerta cerrada.

Gordon nos dijo que Malee se ponía de este modo cada vez que bebía y se topaba con alguien que no le agrada, y al igual que cuando alguien ve un oso en Animal Planet y te dicen que debes fingir que estás muerto, nos aconsejó que nos cambiáramos y nos durmiéramos sin hacer mucho ruido. Eventualmente Malee se cansó y tuvimos silencio.

Antes de ir a dormir me disculpé sinceramente con Ryo y Akihiro por haberme cagado en su noche. Aunque al principio fue divertido, las cosas se descarrilaron y ahora que lo veo, debí haber previsto la forma en que Malee reaccionaría simplemente por la forma en que se comportaba conmigo desde que nos conocimos.

A la mañana siguiente me topé con Paul en la azotea mientras desayunábamos y me dijo que me demoré demasiado después que me fui, así que habló con una de las chicas en el bar y se fue con ella. Estaba un poco molesto con él, pero me imaginé que no haría caso a nada de lo que yo tuviera que decirle en aquel momento.

Gordon me dijo a mí y a los japoneses que saldría a la ciudad y que podíamos acompañarlo si queríamos. Yo estaba deseoso de alejarme lo más posible del hostal aquel día y creo que él estuvo de acuerdo en que eso sería lo mejor, ya que Malee había dormido en el sofá de la recepción aquella noche.

Sin duda, allí estaba la muchacha cuando bajamos a la recepción, con bolsas bajo los ojos y una mirada asesina. Trató de gruñir una que otra cosa para provocarme, pero no puedo recordar porque estaba ocupado poniéndome mis gafas de sol y sacándole el dedo mientras salía por la puerta.

Iba camino a ver más de Manila.


Este es El Gran Viaje. Donde un panameño divaga por la Tierra en busca de un propósito, aventura y respuestas. Parte de la serie Pateando Calle, encuentra el archivo aquí. Gracias por acompañar.

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