Al Norte de Filipinas • El Camino a Banaue

Al Norte Filipino • El Camino a Banaue

Pasaron unos buenos 10 minutos después de haber conocido a Pauline, cuando de pronto nos hallábamos sentados en la parte trasera de uno de los tres jeepneys estacionados frente a la estafeta postal de Sagada, esperando nuestra partida hacia Banaue.

Estamos sentados allí, rodeados de varias doñas que llevan bolsas llenas de cosas para vender y una gallina. Stefanie está hablando con Pauline cuando de pronto una de las señoras a mi lado me pregunta si una de ellas es mi esposa y que qué hacemos en Sagada. El motor del jeepney arranca justo cuando abro la boca para responderle penosamente, a la vez que trato de ocultar mis cachetes rojos. Salimos hacia el valle, lejos del pueblo. Adios, Sagada.

La Vista desde Arriba

El camino a Banaue nos lleva por el nadir del valle en la Cordillera Filipina, atravesando el centro de un pueblo con bastante tráfico de tuk-tuks, tiendas y edificios coloridos que ya son característicos de la región. En el momento se me ocurre tomar una foto desde adentro del jeepney y da la impresión de que una escolta de tuk-tuks rodea nuestro carruaje para protegerlo.

Aunque es poco probable, me pregunté si en algún lugar de la ciudad existen bandas de tuk-tuks que salen de noche a beber y competir en carreras clandestinas.

Volviendo al tema, el viaje tomaría una buena hora y media, por lo que el conductor paró en la ciudad para que pudiéramos ir al baño y comprar comida para el camino. Aproveché para preguntar si podía viajar en el techo del jeepney ¡y para mi sorpresa me dijeron que sí! Mejor aún, Pauline se subió conmigo al techo, y luego esto sucedió:

Viajar en el techo de un jeepney puede ser doloroso pa’ tu nalga si no tienes algo en qué sentarte. La mayoría de estos transportes tienen parrillas para cargar equipaje y sobre éstas tendrás que poner tus cachetes a no ser que traigas una bolsa para acolchonar. En el peor de los casos, basta con acostarse sobre las maletas ajenas (nadie se va a dar cuenta si juegas vivo), pero asegúrate de agarrar fuerte la parrilla, sobretodo si viajas por un camino cuesta arriba y lleno de curvas.

Cuando aparecimos arriba en el otro lado del valle, el clima comenzó a enfriarse y nos calló una leve llovizna encima, por lo que Pauline y yo decidimos reunirnos con Stef adentro del jeepney una vez que el conductor se detuvo en la última parada para dejar a varios locales cerca de un mercado.

Llegamos al borde del pueblo alrededor del medio día y tan pronto como nos bajamos caímos en cuenta de lo grande que es Banaue comparado a Sagada y de lo frío que era el clima a estas alturas del valle.

Nos recibió un grupo de señores que jugaban ajedrez y que, al notar nuestra presencia, comenzaron a sonreír revelando sonrisas con dientes manchados en rojo, como si estuviesen sangrando.

Al Norte de Filipinas • El Camino a Banaue
Nuestro comité de bienvenida.

Sí, aquellas eran sonrisas llenas de moma. Tanto moma de hecho, que cuando fuimos bajando al centro del pueblo, las calles estaban repletas de anuncios que decían: “No Escupir el Moma”, tal como los que vimos en las Cataratas de Bomod-Ok. Los anuncios estaban por doquier: pintados en paredes, en letreros improvisados que estaban clavados a árboles, en afiches de tiendas, etc. Parecía que todo el pueblo estaba librando una batalla contra este hábito y con buena razón, pero les hablaré de por qué después.

Métele Cuero

Ahora que llegábamos a la terminal central de tuk-tuks, nuestra prioridad era encontrar donde dormir, para lo que Pauline venía preparada con una recomendación. Seguimos su pista buscando aquel lugar, pero para cuando llegamos nos dijeron que ya no habían más camas disponibles.

Hubo un momento en el que miré a nuestro alrededor y el pueblo parecía una persecución de Scooby Doo con gente dispersa a lo loco tratando de encontrar un lugar para dormir. Por suerte, las estancias en Banaue parecen estar más que acostumbradas a este fenómeno cada semana, porque tenían gente fuera de sus locales esperando a responder preguntas y recibir gente.

Aún cuando ya tengas un lugar fijo en mente para quedarte, ser flexible mientras mochileas te puede traer buenos descuentos en estadías. Después de reconocer lo cerca que estábamos de dormir bajo de un puente esa noche, Stef se montó en el ritmo del Terminator y comenzó su misión de búsqueda y regateo, tomando la delantera para encontrarnos un lugar donde dormir.

Su método era rápido e indoloro; nos acercábamos a una persona y la chica les preguntaba: “¿cuánto por una habitación para los tres?”, luego hacía una nota mental de la información y  avanzaba al siguiente lugar diciendo “gracias, ya venimos”. Subimos y bajamos la calle principal por unos 10 minutos, evaluando tres lugares antes de decidirnos por un hotel cerca de la terminal de tuk-tuks en el centro del pueblo.

Había un muchacho masticando goma afuera del local, que podía tener entre 15 y 21 años (en Asia es difícil adivinar la edad de la gente porque muchos parecen más jóvenes de lo que realmente son), vistiendo jeans, un abrigo de capucha y chancletas. Sus ojos se veían cansados, pero el pela’o estaba más arisco que un gato, algo que todos notamos cuando sin decir nada le partió la madre a un escarabajo volador peludo y brillante de color verde azul, del tamaño de una uva grande.

Yo vi al insecto asomándose lentamente y pensé que el chico lo iba a evadir, porque se veía más venenoso que la misma muerte, pero justo cuando se bailoteaba frente a él, el muchacho hizo un movimiento ninja controlado y BRAAA! Le propinó un sólo tate-quieto al insecto en la cabeza, tan fuerte que se fue pal piso y nunca más se paró.

Stef hizo poco alarde del espectáculo y sin más ni menos pidió ver las camas antes de comprometernos. Una vez que nos mostraron el lugar terminamos pagando 300 pesos por persona (alrededor de $6.80 USD) por una habitación privada con 3 camas y un baño. Así de lujoso se vive cuando parqueas con La Terminator. Esa man no huevea.

Nuestro Lugar

Nuestro “hostal” resultó ser un negocio familiar que de hecho era principalmente un restaurante y por suerte tenía habitaciones en los dos pisos debajo. Nuestra habitación estaba en el piso de fondo, lo más lejos posible del ruido del restaurante.

Nos instalamos y soltamos las maletas por un momento antes de decidir nuestra próxima movida. No estábamos muy cansados, pero noté que Stef se había relajado más ahora que Pauline se nos había unido, probablemente porque se dio cuenta de que apurarnos con su rutina de La Terminator podría incomodar el ambiente. Ahora debía tomar en consideración que estábamos con una tercera persona que quizás querría estar a solas o pasar tiempo conmigo en vez de ella. Por esta razón, en vez de soltar las maletas y salir corriendo, nos quedamos un rato en la habitación y luego salimos a comer en el pueblo para hablar.

Justo antes de irnos, Pauline preguntó por los viajes a los arrozales para el día siguiente y por segunda vez en el día nos dieron un buen precio de grupo.

Caminando por la calle cerca de la terminal vimos un bar karaoke, muchos tuk-tuks y uno que otro mini-super. Decidimos comer en el segundo piso de un restaurante casi al final de la calle principal, donde el exquisito olor de pan nos llamaba desde una repostería a unos pocos metros de distancia. Esta es la parte donde aprendimos más sobre nuestra nueva pasiera de viaje francesa.

Una Lionesa

Pauline es oriunda de Lyon, una de las ciudades más grandes de Francia, situada entre Paris y Marsella. Esto instantáneamente llamó mi interés, pero poco después de que comenzó a hablar, tuve la impresión de que la nena era una contradicción andante. He aquí una chica que ama el yoga y la medicina natural, pero que también carga consigo un libro gigante sobre cómo alcanzar el éxito en la bolsa de valores y hacer dinero comprando acciones.

Hasta hoy me sigue pareciendo gracioso, porque Pauline destruyó el molde armado por casi todas las amantes del yoga que había conocido a la fecha, las cuales también sucede eran veganas o vegetarianas y no soportaban la sociedad capitalista y consumidora en la que vivimos. Quedé encantado por el hecho de que Pauline amaba la carne y que a ciencia cierta su mensaje era: “hey, tienes que cuidar bien de tu cuerpo y alma, ¡pero también hay que hacer plata, loco!”

Ella solía ser una bailarina y luego me enteré de que le gusta mucho la música soca y el reggae dancehall, lo cual me pareció muy cool porque tuvimos tiempo de intercambiar buena música antes de separarnos.

Siempre fue divertido estar cerca de Pauline y desde el primer momento, me pareció el tipo de mujer que se ha vuelto adepta a la buena conversación en el camino. Me dijo que quería regresar a Lyon y abrir su propio negocio, para que Stef y yo la visitáramos cuando se convirtiera en millonaria.

Lo mejor fue que ahora tenía una aliada que refutaría los argumentos de Stef en mi contra. Donde Stef era estricta (“¡Mueve el culo!”), Pauline era más relajada (“¡Míralo! ¡Se ve pendejo, pero le mete tantas ganas!”).

Para ser justo, es muy fácil tener una impresión tan buena de alguien que sólo conociste por dos días de tu vida, pero aún así, creo que lo mismo hubiese ocurrido si sólo hubiese estado con Stef por esas maravillosas 48 horas iniciales. Lo cierto es que ya ni hablo con Pauline, pero en el caso de La Terminator… bueno, es una de esas amigas que no se dejan ir con facilidad.

Al Norte de Filipinas • El Camino a Banaue

Menos Plata, Más Problemas

Después de salir del restaurante, se nos ocurrió la idea de ir a que nos dieran un masaje, lo cual es manso trip en el Sureste de Asia simplemente porque es super barato y porque a veces es hasta necesario con la cantidad de esfuerzo físico que se hace en un día.

Desgraciadamente, este escritor (que no bromeaba con lo de la pendejada) sacó muy poco dinero del cajero en Sagada antes de partir para Banaue, lo cual me hizo caer en cuenta de que si planeaba ver los arrozales al día siguiente, tendría que comer a lo pobre y no podría disfrutar de lujos como masajes.

Banaue no tenía cajeros cuando estuvimos allí el año pasado, dejando mis opciones entre tomar un taxi o alquilar una moto para manejar al pueblo más cercano con un banco, que estaba a “30 minutos”. Como ese cuento ya me lo sabía, y como nunca había manejado una moto, pensé que lo mejor era amarrarse los pantalones y aguantar por dos días, en vez de morir manejando hacia un acantilado mientras trato de subir y bajar montañas sobre calles mojadas.

Las chicas se fueron a que las sobaran un rato y acordamos que nos encontraríamos luego en la tarde para ver una presentación cultural en el pueblo. Normalmente me hubiese ido a dormir o leer un libro, pero en vez me llevé mi equipo de trabajo al restaurante para sentarme a trabajar hasta que regresaran.

El lugar estaba repleto así que le pedí a dos muchachas si podía compartir su mesa para trabajar. Ambas eran mochileras alemanas cuyos nombres no recuerdo, pero que estaban relajadas comiendo helado después de mandarse la misma caminata que yo había programado para el día siguiente.

Había logrado terminar mi trabajo para cuando Pauline y Stef regresaron, y me encontraron descansando en la habitación después de ducharme. Stef se acostó en su cama por un momento antes de que Pauline saliera a estirarse afuera de la habitación. Rápidamente saqué mi cámara y me puse a grabar la escena al tiempo que la holandesa se paraba a ver.

Podría decirse que este fue el instante decisivo en que me comprometí a guardar lo que pudiera de mi viaje por el Sureste de Asia. Hasta aquel momento no estaba seguro de que mis viajes valdrían la pena ser leídos (es decir, no aburridos) incluso por mi mismo, pero gracias a gente como Stefanie y Pauline, me di cuenta de que aún cuando no estaba buscando la aventura, ésta tenía una forma de encontrarme a mi.

Casi un año después, aquí estamos.


Este es El Gran Viaje. Donde un panameño divaga por la Tierra en busca de un propósito, aventura y respuestas. Parte de la serie Pateando Calle, encuentra el archivo aquí. Gracias por acompañar.

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