Al Norte Filipino • El Poder de una Despedida

Al Norte Filipino • El Poder de una Despedida

“¿Qué aprendiste?” es una pregunta que me hicieron constantemente cuando regresé de mis viajes. “¿Qué viste?”, “¿Qué encontraste?”.

Esta parte de la historia no tiene fotos ni videos, en parte porque no encontré ninguno de aquel momento (Stefanie tampoco pudo) y en parte porque, bueno, estaba muy ocupado aprendiendo algo que quizás fue lo más valioso que cualquiera me pudo enseñar en mi viaje.

Estamos de vuelta en el restaurante en Banaue y al parecer todos los que venían con nosotros en la caminata de Batad también decidieron irse del pueblo el mismo día. Así que ahora somos un montón de mochileros hediondos y cansados en el pasillo del piso bajo el restaurante, esperando a que la única ducha disponible afuera de los dormitorios se desocupe para quitarnos el sudor y la tierra.

También, la dueña del retaurante/hotel se hizo la exquisita con nosotros y, viendo que todos decidimos irnos al mismo tiempo, nos cobró por usar la ducha. Reaciamente pagamos una suma que ahora mismo no quiero recordar y recuerdo que Stefanie estuvo particularmente cabreada en el momento. Su humor no mejoró sin embargo, porque cuando le tocó meterse en la ducha se dio cuenta de que no había agua caliente. Literalmente pagamos para darnos la peor ducha de la vida ese día.

Nuestro plan era irnos a la parada de buses en el borde del pueblo esa misma noche para abordar un expreso a Manila. Stef y Pauline fueron a buscar comida para el viaje de 10+ horas, así que nos separamos por un rato y quedé a mi libre albedrío, habiendo acordado que a las 5:30 p.m. nos encontraríamos de vuelta en el restaurante para ir a tomar nuestro bus.

Me quedé en el restaurante trabajando y allí fue donde entraron las dos alemanas que conocí el día anterior, preguntando qué haría esa noche. Dijeron que también estaban partiendo y que pasarían sus últimas horas en Banaue bebiendo y cantando en el bar karaoke justo al lado de la parada de buses.

El trabajo me impidió unírmeles cuando se fueron, pero decidí pasar por el bar luego si me daba tiempo. Poco después salí del restaurante con mi laptop en la maleta y llegué al bar en el borde del pueblo, donde subí al segundo piso para encontrarme al par de locas ya avanzadas en el arranque, micrófono firmemente puesto entre cuatro manos, cantando ‘Princess of the Universe’ por Queen a todo pulmón mientras las rodeaban un cerro de filipinos sedientos (en más de una forma) que compartían su alcohol con ellas sin dolor.

Me uní al grupo y mientras buscaba mi plena en el libro de canciones, comencé a notar una mirada pintoresca viniendo de una de las alemanas. Quizás fue porque estaba bebiendo o quizás porque yo fallé en notar que la tarde anterior la chica me estaba mirando bastante, pero ahora mismo estaba siendo testigo de su movida.

Para no ser grosero con los muchachos que esperaban una canción, mantuve mi vista firme sobre el libro de canciones en lo que sentí un brazo subir por detrás de mi hombro izquierdo y el reloj deportivo de la chica aparecer a mi derecha, con su respectiva muñeca. La hora en el reloj disparó una alarma en mi cabeza.

5:19 p.m. fue la hora marcada en ese reloj. Nunca lo olvidaré porque más que el reloj en sí o la sensación de que su otra mano me acariciaba la nuca despacio, recuerdo el miedo que tuve a meter más la pata con La Terminator. Así que lentamente me despedí mientras retrocedía balbuceando que iba a volver pronto, sabiendo muy bien que estaba mintiendo, y una vez que llegué a la puerta del bar salí corriendo por la calle y bajando las tres escalinatas hacia la terminal de tuk-tuks cerca del restaurante.

Pau y Stef recién entraban al local cuando las vi, y para mi sorpresa me habían traído unas michitas de pan dulce de la panadería frente al lugar donde almorzamos el día anterior. Sabían que me había quedado sin dinero y no podía comprar nada, pero Stefanie recordó que yo siempre como pan para llenarme el estómago en un viaje largo de bus. El gesto me calentó por dentro y de pronto parecía que las cosas entre La Terminator y yo se iban a arreglar después de todo.

Agarramos nuestras maletas que estaban apiladas en la entrada del restaurante junto con las de todos los que se iban ese día, y nos aventamos de vuelta a las escaleras, pero ahora debíamos cargar con nuestro equipaje y ayudar a Pauline con su maletín gigante de rueditas. Resulta que la chica tenía más de un libro grande sobre cómo hacer plata con la bolsa de valores.

Después de un día escalando un valle y jugando con mi vida, me valió cebo.  Habían dos buses y tan pronto como llegamos a la cima de las escaleras, Stef se tiró por el que estaba directo frente a nosotros sin vacilar. En su locura me paré frente a ella y le dije que ese no era nuestro bus, algo que averigüé cuando me encontré con uno de los conductores bebiendo en el bar cuando vine la primera vez.

Por primera vez en los últimos días, Stef me lanzó una expresión de disgusto, como si su paciencia hubiese llegado a su fin, pero todavía insistí y en efecto luego se dio cuenta de que estuvo a punto de abordar el bus equivocado a quién sabe dónde.

Una vez sentados en el bus, tuve dos asientos para mi solo mientras Pauline y Stef se sentaron al otro lado del pasillo en la misma fila. Poco a poco comencé a viajar fuera de este mundo, pero en el camino logré oír a Pauline hacer el argumento de lo mucho que yo había aprendido en el viaje y de como, a pesar de que parecía no tener idea de qué estaba haciendo, había logrado ayudarla con las maletas a la hora que acordamos y encontrar la información correcta del bus para abordar.

A esas alturas ya francamente no me importaba mucho lo que La Terminator tuviese que decir, pero parte de mi todavía deseaba ganar su aprobación como una persona competente que sabe más o menos lo que hace.

Dos Cuentos, Un Camino de Vuelta

Dos cosas importantes sucedieron en el camino de vuelta a Manila, razón por la que escribo esta parte del viaje.

La primera ocurrió a medio camino, cuando nuestro conductor hizo una parada en un restaurante para comer e ir al baño. Un segundo bus de la misma compañía se nos unió camino a Manila, pero a diferencia de nuestro transporte, aquel sí tenía wi-fi activo.

Salí del bus y me encontré con un tipo que llevaba una gorra militar y estaba parado al lado del segundo bus enviando textos en su celular. Después de entablar una conversación amena con él, ambos caímos en cuenta de que nuestros acentos no son particularmente nativos del inglés, así que le pregunto si habla spanish y el tipo se transforma a hablar español catalán.

Al Norte Filipino • El Poder de una Despedida

Con gusto contaré la historia de Alfredo en Barcelona, pero por ahora sólo les puedo urgir que vean su página de Facebook con fotografía brutal y que sepan que él es uno de los mochileros más bondadosos y entendidos que he conocido. Les contaré su historia en otra ocasión.

Su nombre es Alfredo y es un fotógrafo. En aquel tiempo no lo podía saber, pero después de tan sólo 10 minutos hablando intercambiamos Facebooks y casi un año exacto después el hombre me hospedó en su apartamento de Barcelona (eso fue este año, por cierto) y se convirtió en un amigo de buen consejo que me guió como Yoda por un momento difícil en mi vida.

La segunda cosa que pasó, lastimosamente, fue la realización de que La Terminator no estaba molesta conmigo personalmente, sino con la idea de estar acompañada.

En los buses expresos, usualmente hay un copiloto que verifica los boletos mientras el bus va en marcha. Cuando este tipo pasó por mi asiento yo estaba muerto de cansancio. Él trató de despertarme extendiendo su mano sobre mi hombro, pero yo pensé que alguien quería robarme así que comencé a mover mis brazos arriba y abajo para tratar de golpear al asaltante en la cara. Seguro se vio muy tonto y gracioso, porque Stef y Pauline comenzaron a reírse duro.

Stefanie finalmente susurró: “Luis, sólo muéstrale el boleto” y yo le hice caso en lo que el tipo (que lo tomó de muy buena forma) simplemente le ponchó un hueco y siguió su camino. Las chicas seguían riéndose a estas alturas, pero luego Pauline dijo: “Hey, ¿sabías que puedes reclinar el asiento, no?” y acto segundo me puse a buscar el botón o palanca para reclinar el asiento, y cuando por fin encontré la palanca, la halé tan fuerte que el asiento se echó para atrás completamente y casi mató al pobre hombre sentado detrás de mi.

Aquí fue cuando las chicas rompieron en carcajadas y Stef se volvió loca. Seguro, me sentí como tremendo idiota, pero no me importó mucho porque estaba cansado y porque le saqué una buena sonrisa a La Terminator. Una sonrisa genuina de las que no había visto desde que nos sentamos en el bus a Baguio una semana antes.

La Despedida

Bajando del bus en Manila, quedó claro para mí que quizás nunca volvería a ver a estas dos hermosas mujeres en mi vida otra vez, pero tan pronto como salimos a la calle, nos rodeó una horda de conductores de tuk-tuk listos para llevarnos al fin del mundo

Quise decir adiós apropiadamente, pero estábamos cortos de tiempo, así que fui donde Pauline y me despedí con un abrazo y una sonrisa, deseando verla de nuevo algún día en Lyon. Pauline no hizo mucho alarde y con una sonrisa se marchó.

Ahora el gran pez. El momento de la verdad. Como un ansioso joven padawan buscando la aprobación de su maestro Jedi, caminé donde Stefanie, esperando un abrazo cordial y la promesa de aventuras futuras si nos llegásemos a encontrar otra vez en los caminos de la vida. Habíamos pasado por tanto juntos que después de todas las aventuras y locuras que vivimos en la semana pasada, sería difícil alejarnos.

JA. Que iluso idiota resulté ser.

Stefanie tenía todas sus maletas listas y estaba a punto de ir a cazar un conductor de taxi o tuk-tuk cuando de pronto me paré frente a ella y vi cómo usó su visión robot para escanearme de los pies a la cabeza. Luego puso un mano en mi hombro y con una cara seria y sin emoción me dijo: “No te preocupes. Estarás bien”.

Luego se da la vuelta y comienza a caminar en dirección contraria.

¿Aguanta? ¿Qué? ¡Hemos pasado por tanto juntos! ¡Después de todas las aventuras y locuras que vivimos la semana pasada! ¡¿Cómo te puedes alejar así?! ¿Por qué? ¿Por quéee? ¿Por qué me dejas?¡No me dejes! ¿Quién eres tú?

La Terminator, idiota. Esa soy.

Aquí estaba yo esperando una despedida calurosa con un beso en el cachete o un abrazo al menos, pero en vez fue el frío corte de una despedida de mochilero. La única cosa de la que no me había percatado en ese entonces es que en mi futuro cercano necesitaría despedirme de mucha gente en esta misma forma. Gente con las que vería cosas maravillosas, gente que me llegaría a importar lo suficiente como para llorar junto a ella, gente que me dejaría ser parte de sus vidas por cualquier momento breve que permitieran y acercarnos por prácticamente nada, para siempre.

Esta simplemente fue otra lección que nunca pude ver venir y ahora estaba parado allí con una lágrima apunto de salir de mi ojo, tanto de felicidad como de tristeza.

En cierto modo, aprender a decir adiós con La Terminator fue muy similar a arrancarme un pedazo de tape de la boca. Salí quemao, pero al final hizo que las cosas fueran más fáciles que si nos hubiésemos quedado 15 minutos abrazándonos y diciendo cosas bonitas a las 4 a.m. en medio de la calle.

Aún así, por todo lo difícil que fue estar juntos a veces, La Terminator personificó el tipo de amiga(o) que quería siempre a mi lado. No una persona que me iba a endulzar la mierda para hacerme sentir mejor, sino alguien que me dijera la verdad a la cara, sin hablar paja, para que me levantase de mi culo y comenzara a caminar el camino duro otra vez.

En las buenas y en las no tan buenas, supe allí y  entonces que iba a extrañar a esa mujer por el resto de mis días en el Sureste de Asia. Y así fue.

Qué Aprendimos

Me monté en un tuk-tuk y comencé a mirar hacia atrás viendo nuestro bus hacerse más pequeño a medida que el conductor y yo avanzábamos. Me dejó en la esquina de una calle llena de bares de mala muerte, el brillo neón reflejado sobre la fría y mojada calle.

Minutos después estaba subiendo mis maletas al asiento trasero de un taxi y diciéndole al conductor que no podría pagarle a menos que me llevara a un cajero automático. Una vez que llegamos saqué el equivalente a $200 USD en pesos de la máquina, regresé al carro y le dije las direcciones de mi hostal: 1109 Calle JP Rizal.

¿La mejor parte? El conductor puso un CD en el carro y la primera canción que sale es “21 Guns” de Green Day, pero eso no es todo. Este tipo se sabe las letras de la canción al hilo y puede cantarlas. Pero digo que el man puede cantarlas. Le está pegando a todas las notas altas saliendo de la garganta de Billie Joe Armstrong y se siente como mi banda sonora personal en la noche más agridulce de mi vida en el 2014. Bendigan a ese man.

De vuelta en el portón del hostal, sueno la campana de la azotea y espero a que Juan baje para abrirme la puerta. Estoy de vuelta en Manila y los siguientes dos días van a ser brutales. Me acaba de entrenar La Terminator.


Este es El Gran Viaje. Donde un panameño divaga por la Tierra en busca de un propósito, aventura y respuestas. Parte de la serie Pateando Calle, encuentra el archivo aquí. Gracias por acompañar.

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